viernes, 25 de marzo de 2011

Idiotamente feliz.

Hace más de un mes que no hablamos, hace más de un mes que no lo veo, ni siquiera lo cruzo por casualidad. Hace unos cuantos días dejé de extrañarlo de esa manera tan intensa, aunque no voy a negar que tengo momentos en los que deseo hablarle (como ahora), pero me resisto totalmente a hacerlo, elijo no volver a sufrir.
Hace unos cuantos días dejé de sentirme tan idiota y estar mal por algo que no vale la pena.
No vale la pena invertir mi tiempo en alguien que justamente no lo vale. Me siento tan idiota por haber perdido tantos meses en la nada misma, pero sí, ahora me siento una idiota feliz ♥

domingo, 6 de marzo de 2011

El dolor más fuerte.

La primera vez que te das cuenta que no lo volverás a ver, que no lo podrás escuchar reír, ni llorar, ni darte esos consejos, ni ánimo, que no vas a volver a verlo a los ojos, ni le volverás a dar las manos y sentir que el mundo se detiene sólo en ustedes. Te das cuenta que nada podría ser peor, que comparado a eso, nada en la vida merece tu atención. Pasas días insomnes, dando vueltas, gritando, llorando, pataleando. Estás en ese lugar al que nunca, pero nunca vas a querer volver.
Es el dolor más fuerte, más grande, más desgarrador, pero es una elección propia.
Después de un tiempo, te das cuenta que cada vez lo recuerdas menos. Aunque el dolor no se haya ido, hay detalles que la memoria resguarda. Ya no es tan fácil sentir su olor, recordar el sonido de su risa, ni el de su voz, ni el tacto de sus caricias sobre tu piel.
Siento que poco a poco voy traicionándolo, que poco a poco mi memoria va traicionándome, por más que intento, hay días en que ya no puedo recordar algunos detalles sobre él, mi gran amigo el tiempo va dejándome lo general, va borrando lo puntual.
El día en que ya no recuerdas a una persona probablemente es el día en que verdaderamente muere esa persona.
Y podré olvidar mil detalles,
pero jamás morirá en mí.

Maldita costumbre.

Mientras él sentía que yo sólo estaba en otro de mis períodos de distanciamiento, verdaderamente sufría, y sufro.
Estoy convencida de que la solución es arrancarlo de mi cabeza, pero ¿Cómo hago?
Si todo me hace acordar a él, no puedo dejar de extrañarlo y en verdad sé que bien no está, pero es inevitable no sentirme así.

Hablar con él era parte de la rutina, así como el desayunar y lavarme los dientes.

Era tan normal ver la ventana titilar con su nombre; pero me dí cuenta de que a pesar de extrañarlo físicamente lo que más extraño es la maldita costumbre de hablar con él, día y noche.